miércoles 11 de noviembre de 2009

La Pesca de las Vírgenes

Mino Maccari, 1960, colección particular.

viernes 6 de noviembre de 2009

La Destrucción de la Mujer

Durante milenios, las civilizaciones reposaron en la mujer. Su papel de formadora de la próxima generación, apenas reconoce minúsculas excepciones. Y ese papel decisivo estaba basado en el reconocimiento implícito de la diversidad y de la complementariedad de ambos sexos.

Desde el siglo XIX el progresismo irrumpe en la cuestión a partir de la absurda idea de la igualdad de hombres y mujeres, y en poco más de un siglo destruye lo que la naturaleza y la civilización habían construido en milenios. El primer golpe fue convencer a las mujeres de que sólo los trabajos masculinos eran importantes. El segundo golpe fue la creación de un sistema social y familiar en la que el trabajo femenino se fue haciendo cada vez más necesario e inevitable.

Con estas realidades se colocaba a la mujer en la primera de las trampas de la modernidad. Para funcionar, el sistema montado exigía una de estas dos cosas:

a) Que las mujeres dejaran de tener hijos y estos se “produjeran” con artilugios biológicos y químicos (ésta fue la solución imaginada por Aldous Huxley en su novela “Brave New World”).

b) Que las madres ya no criaran más a sus hijos (ésta fue la solución ensayada, por ejemplo, en algunas de las granjas israelíes. Terminó en un fracaso total).

No dándose ninguna de esas dos soluciones, el feminismo imponía a la mujer esta realidad: el ejercicio de algún trabajo o profesión no la libraba --no la podía librar-- de sus responsabilidades de esposa y de madre, si lo era. Con lo cual, lejos de conquistar un lugar igual al lado del hombre se encontraba con que en el reparto le correspondían a ella dos papeles que en numerosísimos casos se mostraban total o parcialmente incompatibles.

El resultado a la larga no era dudoso. Una proporción creciente de las mujeres “modernas” de Europa y de Estados Unidos optan por tener una pareja (o varias, simultáneas o sucesivas) pero no tener hijos. En el mejor de los casos, el ideal para tales mujeres toma el nombre del matrimonio “dink” (double income, no kids --ingreso doble, sin hijos--). Las consecuencias de todo esto sobre la evolución de la población se leen por ahora en notorias estadísticas y en las terribles dificultades de los sistemas previsionales, pero en su momento causarán una catástrofe inimaginable.

Pero todo esto, a pesar de su atroz gravedad, no es lo peor. El progresismo luchaba también por suprimir todo aquello que diferenciara a la mujer del hombre. La próxima víctima tenía que ser… el pudor. Persistentemente se luchó contra ese sentimiento que parte de la conciencia de la parte animal de los seres humanos y se convierte en tal (en pudor) al encontrarse con la delicadeza propia de la condición femenina. El pudor era la señal distintiva de la mujer, la muralla exterior de su condición.

Tras un siglo de lucha, hoy se ha matado el pudor en millones de mujeres, que no dudan en exhibirse desnudas (con tres trapitos malcubriendo sus “vergüenzas”) todos los veranos, a lo que deben agregarse otros millones que se desnudan por precio en los sets de televisión y en los estudios de los pornógrafos. El resultado es un mar de carne femenina convertida en un pingüe negocio al alcance --televisión e Internet mediante-- de todos los bolsillos y de todas las edades.

La liberación femenina, que prometía la dignificación de la mujer frente al menosprecio masculino, la ha convertido en el más banal de los objetos de consumo para el hombre, en el más barato de los gags de los que vive la sociedad enferma que marcha hacia la nada.

Aníbal D’Angelo Rodríguez, en “Testigo de Cargo”, noviembre de 2007.

lunes 2 de noviembre de 2009

El Hedonismo

La palabra hedonismo viene del griego, edoné, que significa placer. El origen último del hedonismo es de índole filosófica, ya que propiamente el hedonismo es un sistema filosófico, atinente al campo de la moral, que hace consistir el bien en el placer. Según esta manera de ver, el hombre encuentra su felicidad plenaria en el placer, el placer actual, inmediato, sensible. El hombre, según los hedonistas, está sujeto a la soberanía del instante; la previsión, el anhelo de un placer futuro lleva siempre consigo cierta inquietud e inseguridad, y, por lo mismo, su espera implica una cuota de dolor, que se trata de regir experimentando un nuevo placer lo más rápidamente posible. Interpretada rigurosamente, la moral del hedonismo presupone la superioridad del placer físico sobre el moral, y el principio del egoísmo, mi placer sobre todo. Excluye, asimismo, toda moderación en la búsqueda de la dicha. No importa lo que la moral diga de cada acto; lo importante es el placer que en ellos puede encontrarse.

Resulta evidente que el hombre de nuestro tiempo parece abocado a satisfacer febrilmente su ansia de placeres, sean ellos honestos o no. Se trata de pasarla lo mejor posible, a costa de lo que fuere, en busca incesante de sensaciones placenteras, siempre nuevas y cada vez más excitantes.

La búsqueda omnímoda en insaciable del placer se convierte en una necesidad inconsciente, análoga al uso de estupefacientes para el drogadicto. El sufrimiento aparece con todas las características de un agresor, carente totalmente de significación.

Particularmente se busca “liberar” el campo del sexo, que ocupa un lugar privilegiado en aquella búsqueda ansiosa del placer que caracteriza al hedonismo. Se confunde el sexo con el amor, “un amor en rebajas”, todo ligero, light él también, sin contenido, siempre listo, al modo del picaflor donjuanezco, ante la primera oportunidad que se presente. Un amor así entendido considera a la mujer como mero objeto de placer, que se usa y se tira, material de descarte. En esta materia se ha llegado hasta la saturación.

Un síntoma de este desenfreno hedonístico lo constituye la erradicación del pudor, que es la atmósfera protectora del sexo. Nuestra época se caracteriza por la creciente desaparición del pudor en todos sus niveles. Se busca la comunicación con los demás y la superación de la propia soledad en la abolición de la intimidad personal; en ese mismo momento, el pudor ha quedado descartado.

El hedonismo constituye la atmósfera de la sociedad en que vivimos, una actitud que no tolera ningún tipo de cuestionamiento. Cuando frente al desbloque de la pornografía y de los placeres degradantes alguien intenta levantar todavía el ideal de la decencia y de la pureza, con frecuencia los medios de comunicación reaccionan tratando de descubrir intereses egoístas en el que defiende las normas de la ética, o sacando gozosamente a luz las inmoralidades secretas de algunas personalidades públicas que parecían encarnarlas. Resulta inocultable la satisfacción con que algunos medios se detienen morbosamente en revolver las presuntas lacras de algunos sacerdotes y obispos, así como su gusto cuando, en un arrebato de necropornografía, atribuyen homosexualidad a grandes políticos y artistas de tiempos pasados. Todos somos iguales, igualmente corruptos. Ello constituye un eficaz aliciente a las corrientes hedonistas hoy imperantes.

P. Alfredo Sáenz, en “El Hombre Moderno”, 1998.

miércoles 28 de octubre de 2009

Marcha sobre Roma

Duilio Cambellotti, 1933, Palacio de Gobierno, Ragusa.

martes 27 de octubre de 2009

Jordán Bruno Genta

Dios, Patria y Hogar: la síntesis de sus amores y de sus dolores, la tradicional divisa.

Si el Dios amado le era familiar, por la virtud de la parresía. Si la patria amada lo era con amor filial, fraterno y esponsalicio, por la virtud de la pietas; el hogar amado era Iglesia Doméstica, por la virtud de la abnegación sin reservas.

Amaba la Verdad, el Bien y la Belleza, de un modo principal, categórico, dominante. Verdad crucificada, que con San Juan quería izar sobre lo alto, para que todos la contemplaran (Jn. 12, 32). Bien que deseaba extender a sus compatriotas, para quienes reclamaba un “trato de honor”, cualquiera fuese el puesto o la misión desempeñada; Belleza que empezaba por manifestar en ese decir inigualable, ejercitado como un hábito en todas las circunstancias de la vida.

Amaba Genta a las Fuerzas Armadas de la Nación, cuyo encomio trazó en línea lugoniana. Por eso le estremecía de espanto verlas reducidas a un manojo de profesionalistas asépticos, conducidas por badulaques, o hueras de una doctrina de guerra contrarrevolucionaria. Por eso no aprobó nunca que sus integrantes recibieran la orden de enfrentarse clandestinamente contra el terrorismo, o que optaran por combatir a los guerrilleros oculta y aviesamente, con sus mismos métodos.

Amaba al fin, si se nos permite la redundancia, todos los modelos egregios del amor cristiano, desde el de los cónyuges hasta el de los santos y los héroes. Y supo amar la buena muerte, que quiso, pidió y ofreció a Dios para sí mismo, siendo escuchado. Porque si algo merecía este varón singular, era morir en combate.

Antonio Caponnetto, en “Jordán Bruno Genta”, 2004.

domingo 25 de octubre de 2009

Fiesta de Cristo Rey

Nos albergamos una gran esperanza de que la festividad anual de Cristo Rey, que en adelante se celebrará, impulsará felizmente el retorno de toda la humanidad a nuestro amantísimo Salvador. Sería, sin duda alguna, misión propia de los católicos la preparación y el aceleramiento de este retorno por medio de una activa colaboración; sin embargo, son muchos los católicos que ni tienen en la convivencia social el puesto que les corresponde ni gozan de la autoridad que razonablemente deben tener los que alzan a la vista de todos la antorcha de la verdad. Esta desventaja podrá atribuirse tal vez a la apatía o a la timidez de los buenos, que se retiran de la lucha o resisten con excesiva debilidad; de donde se sigue como natural consecuencia que los enemigos de la Iglesia aumenten en su audacia temeraria. Pero si los fieles, en general, comprenden que es su deber militar con infatigable esfuerzo bajo las banderas de Cristo Rey, entonces, inflamados ya en el fuego del apostolado, se consagrarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.

S.S. Pío XI, en “Quas Primas”, Encíclica sobre la Fiesta de Cristo Rey, 1925.

miércoles 21 de octubre de 2009

El Hombre de Izquierda

Esta historia puede contarse como un psicoanálisis: El Hombre de izquierda, con el paso del tiempo, se confiesa lo que ya sabía. Se confiesa que estaba reconciliado con el consumo, e incluso que gozaba de él. Se confiesa que estaba reconciliado con la democracia parlamentaria, incluso plutocrática. Se confiesa que estaba reconciliado con el capitalismo y con el mercado aún si con retrocesos. Se confiesa, finalmente, después del 11 de septiembre que en última instancia está del mismo lado que los Americanos en «el choque de las civilizaciones». Todo esto, por supuesto, con pinzas, y atenuantes, y caras de disgusto que le aseguran que no se confunde en ningún caso con los horribles de derecha, ellos, que no tienen vergüenza.

Y bien, el Hombre de izquierda se confesó tantas cosas que no le queda más que confesar esto, que está muerto.

¡Atención! No quiere decir que esté enterrado. No, no lo está. Solamente, le han reemplazado sucesivamente, el corazón, los riñones, el bazo, los ojos como en Minority Report, todos los órganos, más el cuerpo sin órganos. Si agregamos los injertos óseos y el transplante del rostro, más una pequeña lobotomía para hacer bajar todo esto, ¿sigue siendo el mismo?

Podemos decir que sí, podemos decir que no. En verdad, el Hombre de izquierda es de ahora en más un híbrido, o más bien una multiplicidad de híbridos.

En materia de híbridos, en efecto no hemos visto nada aun. Los híbridos van a crecer y multiplicarse: homosexuales autoritarios, feministas católicas, judíos belicistas, musulmanes voltarianos, racistas libertarios, nacionalistas pacifistas, nietzscheanos populistas, sindicalistas derridianos, orleanistas energúmenos, leninistas reaccionarios, trotsko-capitalistas, comunistas preciosos, izquierdistas anti izquierda, antimundialistas de seguridad, verdes rosas, verdes rojos y de todos los colores del arco iris, húsares demócrata cristianos, humanistas neocelinianos, estetas comprometidos, i tutti quanti. El matizador llegará al infinito.

Jacques-Alain Miller, en “Tumba para el Hombre de Izquierda”, Asociación Mundial de Psicoanálsis (AMP).

viernes 16 de octubre de 2009

El Pensamiento del Navegante

Daniel Vázquez Díaz, 1928, acuarela del panel, colección particular.

miércoles 14 de octubre de 2009

La Fraternidad y Roma

Conferencia de S.E.R. Mons. Bernard Fellay
Superior General de la Fraternidad San Pío X

Jueves 15 de octubre, 20:00 horas.

Capilla del Priorato San Pío X:
Venezuela 1320, Capital Federal.

lunes 12 de octubre de 2009

Obra de España, Obra de Catolicismo

Yo debiera demostraros ahora que la obra de España fue, antes que todo, obra de catolicismo. No es necesario. Aquí está el hecho, colosal. Al siglo de empezada la conquista, América era virtualmente cristiana. La Cruz señoreaba, con el pendón de Castilla, las vastísimas regiones que se extienden de Méjico a la Patagonia; cesaban los sacrificios humanos y las supersticiones horrendas; templos magníficos cobijaban bajo sus bóvedas a aquellos pueblos, antes bárbaros, y germinaban en nuevos y dilatados países las virtudes del Evangelio. Jesucristo había triplicado su reino en la tierra.

Porque España fue un Estado misionero antes que conquistador. Si utilizó la espada fué para que, sin violencia, pasara triunfante la Cruz. La tónica de la conquista la daba Isabel la Católica, cuando a la hora de su muerte dictaba al escribano real estas palabras: «Nuestra principal intención fue de procurar atraer a los pueblos dellas (de las Indias) e los convertir a Nuestra santa fe catholica». La daba Carlos V cuando, al despedir a los Prelados de Panamá y Cartagena, les decía: «Mirad que os he echado aquellas ánimas a cuestas; parad mientes que deis cuenta dellas a Dios, y me descarguéis a mí». La dieron todos los Monarcas en frases que suscribiría el más ardoroso misionero de nuestra fe. La daban las leyes de Indias, cuyo pensamiento oscila entre estas dos grandes preocupaciones: la enseñanza del cristianismo y la defensa de los aborígenes.

España mandó a América lo más selecto de sus misioneros. Franciscanos, Dominicos, Agustinos, Jesuítas, acá enviaron hombres de talla y de fama europea. Los nombres de Fray Juan de Gaona, una de las primeras glorias de la iglesia americana; de Fray Francisco de Bustamante, uno de los grandes predicadores de su tiempo; Fray Alonso de Veracruz, teólogo eminente; todos ellos eran de alto abolengo, o por la sangre o por las letras, y dejaban una Europa que les hubiera levantado sobre las alas de la fama.

Los mismos conquistadores se distinguieron tanto por su genio militar como por su alma de apóstoles. Pizarro, que funda la ciudad de Cuzco «en acrecentamiento de nuestra sancta fe catholica»; Balboa, que al descubrir el Pacífico, que no habían visto ojos de hombre blanco, desde las alturas andinas, hinca su rodillas y bendice a Jesucristo y a su Madre y espera para Dios la conquista de aquellas tierras y mares; Menéndez de Avilés, el conquistador de la Florida, que promete emplear todo lo que fuere y tuviere «para meter el Evangelio en aquellas tierras», y otros cien, no hicieron más que seguir el espíritu de Colón al desembarcar por vez primera en San Salvador: «Yo --dice el Almirante--, porque nos tuvieran mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo».

La misma nomenclatura de ciudades y comarcas, con la que se formaría un extenso santoral; las sumas enormes que al erario español costaron las misiones y que el P. Bayle hace montar, en tres siglos, a seiscientos millones de pesetas; esta devoción profunda de América a la Madre de Dios, en especial bajo la advocación de Guadalupe, trasplantada de la diócesis de Toledo a las Américas por los conquistadores extremeños; y --¿qué más?-- esta tenacidad con que la América española, desde Méjico, la mártir, hasta el Cabo de Hornos, sostiene la vieja fe contra la tiranía y las sectas, por encima del huracán del laicismo racionalista, ¿qué otra cosa es más que argumento invicto de que la forma sustancial de la obra de España en América fue la fe católica? Arrancadla de España y América, y no digo que nos quedamos sin la llave de nuestra historia, acá y allá, sino que nos falta hasta el secreto del descubrimiento del Nuevo Mundo, que arrancó de los ignotos mares España, misionera antes que conquistadora, en el pensamiento político del Estado.

Y faltará el secreto de la raza, de la hispanidad, que, o es palabra vacía, o es la síntesis de todos los valores espirituales que, con el catolicismo, forman el patrimonio de los pueblos hispanoamericanos.

América es obra nuestra; esta obra es esencialmente de catolicismo.

Arzobispo Isidro Gomá Tomás, en su discurso pronunciado en el Teatro Colón de Buenos Aires, 12 de octubre de 1934.