— Se habla de que la familia está en crisis. Me refiero a la imagen de familia heredada de la tradición judeo-cristiana. Pero es muy fuerte el pensamiento que ve esto apenas como un salto en el desarrollo evolutivo de la sociedad. La pregunta es: ¿puede la humanidad prescindir de la familia tradicional?
Antonio Caponnetto (AC): De ninguna manera, puesto que la humanidad es un efecto, un corolario de la agrupación de familias. Pero hay un problema mayor: esto es una crisis planificada y programada. La familia viene siendo atacada sistemáticamente en su esencia, en su naturaleza, en su finalidad, en el concepto de autoridad y en la noción del amor, en que se funda. Entonces, atacado de un modo programado y planificado este conjunto de pilares, la familia se disocia, atomiza y pulveriza. De esta manera la sociedad, que depende de la familia, sufrirá efectos negativos. La familia --siempre se ha dicho y se ha dicho bien-- es la célula de la sociedad. León XIII daba una definición un poco más perfilada: es el “semillero” de la república, decía. Tomando incluso los términos de un texto ciceroniano clásico. Entonces, si la familia es la célula social básica, como siempre se ha repetido, luego todo aquello que la disgregue significa un mal enorme e irrecuperable para la sociedad. Por tanto, lejos de ser este un proceso en el desarrollo evolutivo, este es un proceso en el movimiento de la revolución mundial anticristiana, que no quiere dejar nada en pie, empezando por la familia. Hay que entender que los ataques de los que hablo, no son menores. Son ataques mayúsculos. Atacar, por ejemplo, el concepto de finalidad, la procreación generosa y fecunda, el mutuo perfeccionamiento de los esposos; atacar el concepto del amor y proponer un sensualismo incluso contra natura; todo esto forma parte de este desdichado proceso. Entonces yo lo que sugiero es que frente a la crisis, hay que tener hecho un buen diagnóstico. Y el buen diagnóstico es aquel que ve las causas hondas y profundas; y que remiten a este compendio de ataques maliciosos.
— ¿A quién o a qué factores de poder les puede interesar la disolución de la familia y con qué propósito?
AC: Todos los enemigos del orden natural y todos los enemigos del orden sobrenatural. Todos los enemigos de las sociedades cristianas. Todos ellos están empeñados desde hace mucho tiempo en la disolución de la familia. Pensemos, por ejemplo, que uno de los postulados de la masonería es la corrupción de la mujer, en la medida que se sabe que la corrupción de ella, tiene consecuencias penosas para la decencia y el decoro de la sociedad. Hay una serie de ideologías perversas que son responsables de esta destrucción planificada. El liberalismo, la masonería, el marxismo, el anarquismo o las corrientes neopaganas son todas posiciones ideológicas que coadyuvan a la destrucción de la familia.
— Es decir que más allá de la discrepancia que puedan tener entre sí en algunos puntos --como es el caso del liberalismo y el marxismo-- los une el ataque a la familia. ¿Es así?
AC: La revolución tiene varios brazos y varios rostros, pero es una sola. Salvador Borrego, el gran pensador mexicano, en su libro Soy la Revolución habla en primera persona, como si él fuera la revolución, y dice precisamente esto: tengo varios rostros, tengo varios nombres, tengo varias caras, pero soy una sola y mi propósito es descristianizar a la sociedad, mi propósito es destronar a Jesucristo. Es decir, todas las ideologías que mencioné convergen en este punto. En realidad lo que ellos odian es el conjunto de las filiaciones humanas. El hombre tiene una filiación carnal, que es la familia o el hogar; tiene una filiación histórica, que es la patria; y tiene una filiación sobrenatural, que es Dios. Entonces, son estas tres filiaciones las que a ellos les molestan. De ahí que no haya que engañarse. Detrás de estos ataques, no sólo no hay una sintomatología de una evolución de la sociedad, sino que lo que hay es una manifestación cada vez más insolente y más inaudita de la revolución mundial anticristiana.
— ¿En qué políticas a nivel nacional ve reflejado este plan deliberado contra la familia, montado a escala global, del que usted habla?
AC: En este momento la Argentina está dando el tristísimo espectáculo de políticas de estado disolventes. La promoción que se hace de la ley de salud reproductiva, que no es sólo una promoción sino una aplicación compulsiva; o la legalización a veces encubierta, a veces explícita del aborto; son atentados contra la familia. Y este conjunto de medidas que recibe el feo nombre de ‘educación sexual’ también lo son. Porque en realidad no hay tal educación, sino un reduccionismo genital, hormonal, que hace del sexo un saqueo. La política de estado en la materia consiste en decirle a los jóvenes que pueden copular plurioficialmente, pueden copular contranatura, pueden copular como mejor quieran. Y esto siempre y cuando usen el condón que le reparte el señor Ginés (González García, a cargo de la secretaría de Salud de la Nación), que se hace rodear por otros tantos condones; ha salido fotografiado de ese modo, un caso único en la historia argentina. Un hombre que se vanagloria de su condición de condón. De manera tal que esta política de estado es contraria a una concepción cristiana de la familia.
— ¿La educación sexual, en su opinión, debe quedar en la esfera de la familia o la debe impartir el estado?
AC: Estoy de acuerdo en que la educación sexual quede en el seno de la familia, siempre y cuando nos pongamos de acuerdo acerca de eso. La educación sexual está naturalmente inserta en un contexto. Es el contexto de la educación de la virtud de la templanza, con todas sus virtudes conexas y derivadas, principalmente la hermosísima y olvidada virtud de la castidad. Entonces, si la familia asume ese deber que le corresponde, ese derecho por cierto que tiene, de educar sexualmente a sus hijos, debe saber que para no equivocarse tiene que impartirla en el contexto de la educación de las virtudes. Si el estado fuese normal --y no este corrupto, gangsteril y montoneril que padecemos-- podría subsidiar en este tema. El principio de subsidiaridad rige, de manera tal que en principio, per se, no es perverso que el estado quiera participar. Lo que es perverso y clama al cielo es que este estado --intrínsecamente ruinoso y presidido por un delincuente subversivo, rodeado de adláteres de su misma laya y catadura-- lo que clama al cielo, digo, es que semejante estado quiera hacerse cargo de la educación sexual de nuestros hijos.
— Hay quienes objetan que si el sistema educativo no enseña lo necesario, aquello para lo que fue creado --como leer y escribir-- entonces mal puede educar en materia sexual...
AC: Es que no sólo han barrido con la concepción metafísica. Han destruido la misma herradura física de la educación. Por eso el Padre Leonardo Castellani decía que la educación argentina no puede reformarse por el simple hecho de que no tiene forma. Es decir, a la educación le han despojado el alma, la forma. No se puede confiar en absoluto en estos personeros de la ruina ideológica que nos desgobiernan. Sería una demencia confiar en esta gentuza, que verdaderamente son personajes salidos de la página del Rinocerente de Ionesco, es decir personajes bestiales, animales, que blasonan de su condición zoológica. Son seres inferiores realmente.
— De acuerdo a su diagnóstico, si la cultura y el estado conspiran contra la familia ¿qué debe hacer entonces ésta?
AC: La actitud es la que pide el Evangelio: construir casas sobre rocas. Si uno hace eso, pueden golpear los vientos, dan con ímpetu contra la casa, cae la lluvia, los ríos salen de cauce, pero la casa no es destruida porque está edificada sobre roca. ¿Cómo se edifica una casa sobre roca? La casa es Jesucristo. Y por tanto la casa debe ser cristocéntrica. El hogar debe convertirse en la iglesia doméstica, como decían los Padres de la Iglesia. Debe ser la unión ante Dios, de uno con una para siempre, para la procreación generosa y fecunda, para el mutuo perfeccionamiento y para la crianza cristiana de los hijos...
— La Iglesia Católica aparece como la única institución en Occidente que aún defiende el concepto tradicional de la familia...
AC: Yo soy crítico de la actitud de algunos de nuestros pastores. Actitudes que juzgo pusilánimes y en algunos casos poco ortodoxas. Sin ir más lejos en el diario Perfil del domingo pasado Monseñor (Justo) Laguna, habló a favor de la despenalización del aborto. Y consideró que era un mal para la Iglesia que gobernara Benedicto XVI porque sigue los pasos de Juan Pablo II; con la diferencia --dice monseñor Laguna-- de que este Papa es mucho más inteligente. Así se refiere a su pastor universal. Y hasta el día de hoy no conocemos ninguna sanción canónica contra Laguna, pese a que ha dado una verdadera cátedra pública de sacrilegio. Abundan los monseñores ‘Lacustres’. Es decir, yo en principio soy crítico. No obstante, debo reconocer con orgullo, con satisfacción, que en materia de lo que Roma ha llamado "cultura de la vida", la Iglesia se ha mantenido firme, siempre igual a sí misma. Ha defendido el orden natural y el orden sobrenatural. En este sentido, hay que reivindicar el magisterio eclesiástico.
Entrevista a Antonio Caponnetto realizada por Marcelo Lorenzo para “El Día Cultural”, Gualeguaychú.
Antonio Caponnetto (AC): De ninguna manera, puesto que la humanidad es un efecto, un corolario de la agrupación de familias. Pero hay un problema mayor: esto es una crisis planificada y programada. La familia viene siendo atacada sistemáticamente en su esencia, en su naturaleza, en su finalidad, en el concepto de autoridad y en la noción del amor, en que se funda. Entonces, atacado de un modo programado y planificado este conjunto de pilares, la familia se disocia, atomiza y pulveriza. De esta manera la sociedad, que depende de la familia, sufrirá efectos negativos. La familia --siempre se ha dicho y se ha dicho bien-- es la célula de la sociedad. León XIII daba una definición un poco más perfilada: es el “semillero” de la república, decía. Tomando incluso los términos de un texto ciceroniano clásico. Entonces, si la familia es la célula social básica, como siempre se ha repetido, luego todo aquello que la disgregue significa un mal enorme e irrecuperable para la sociedad. Por tanto, lejos de ser este un proceso en el desarrollo evolutivo, este es un proceso en el movimiento de la revolución mundial anticristiana, que no quiere dejar nada en pie, empezando por la familia. Hay que entender que los ataques de los que hablo, no son menores. Son ataques mayúsculos. Atacar, por ejemplo, el concepto de finalidad, la procreación generosa y fecunda, el mutuo perfeccionamiento de los esposos; atacar el concepto del amor y proponer un sensualismo incluso contra natura; todo esto forma parte de este desdichado proceso. Entonces yo lo que sugiero es que frente a la crisis, hay que tener hecho un buen diagnóstico. Y el buen diagnóstico es aquel que ve las causas hondas y profundas; y que remiten a este compendio de ataques maliciosos.
— ¿A quién o a qué factores de poder les puede interesar la disolución de la familia y con qué propósito?
AC: Todos los enemigos del orden natural y todos los enemigos del orden sobrenatural. Todos los enemigos de las sociedades cristianas. Todos ellos están empeñados desde hace mucho tiempo en la disolución de la familia. Pensemos, por ejemplo, que uno de los postulados de la masonería es la corrupción de la mujer, en la medida que se sabe que la corrupción de ella, tiene consecuencias penosas para la decencia y el decoro de la sociedad. Hay una serie de ideologías perversas que son responsables de esta destrucción planificada. El liberalismo, la masonería, el marxismo, el anarquismo o las corrientes neopaganas son todas posiciones ideológicas que coadyuvan a la destrucción de la familia.
— Es decir que más allá de la discrepancia que puedan tener entre sí en algunos puntos --como es el caso del liberalismo y el marxismo-- los une el ataque a la familia. ¿Es así?
AC: La revolución tiene varios brazos y varios rostros, pero es una sola. Salvador Borrego, el gran pensador mexicano, en su libro Soy la Revolución habla en primera persona, como si él fuera la revolución, y dice precisamente esto: tengo varios rostros, tengo varios nombres, tengo varias caras, pero soy una sola y mi propósito es descristianizar a la sociedad, mi propósito es destronar a Jesucristo. Es decir, todas las ideologías que mencioné convergen en este punto. En realidad lo que ellos odian es el conjunto de las filiaciones humanas. El hombre tiene una filiación carnal, que es la familia o el hogar; tiene una filiación histórica, que es la patria; y tiene una filiación sobrenatural, que es Dios. Entonces, son estas tres filiaciones las que a ellos les molestan. De ahí que no haya que engañarse. Detrás de estos ataques, no sólo no hay una sintomatología de una evolución de la sociedad, sino que lo que hay es una manifestación cada vez más insolente y más inaudita de la revolución mundial anticristiana.
— ¿En qué políticas a nivel nacional ve reflejado este plan deliberado contra la familia, montado a escala global, del que usted habla?
AC: En este momento la Argentina está dando el tristísimo espectáculo de políticas de estado disolventes. La promoción que se hace de la ley de salud reproductiva, que no es sólo una promoción sino una aplicación compulsiva; o la legalización a veces encubierta, a veces explícita del aborto; son atentados contra la familia. Y este conjunto de medidas que recibe el feo nombre de ‘educación sexual’ también lo son. Porque en realidad no hay tal educación, sino un reduccionismo genital, hormonal, que hace del sexo un saqueo. La política de estado en la materia consiste en decirle a los jóvenes que pueden copular plurioficialmente, pueden copular contranatura, pueden copular como mejor quieran. Y esto siempre y cuando usen el condón que le reparte el señor Ginés (González García, a cargo de la secretaría de Salud de la Nación), que se hace rodear por otros tantos condones; ha salido fotografiado de ese modo, un caso único en la historia argentina. Un hombre que se vanagloria de su condición de condón. De manera tal que esta política de estado es contraria a una concepción cristiana de la familia.
— ¿La educación sexual, en su opinión, debe quedar en la esfera de la familia o la debe impartir el estado?
AC: Estoy de acuerdo en que la educación sexual quede en el seno de la familia, siempre y cuando nos pongamos de acuerdo acerca de eso. La educación sexual está naturalmente inserta en un contexto. Es el contexto de la educación de la virtud de la templanza, con todas sus virtudes conexas y derivadas, principalmente la hermosísima y olvidada virtud de la castidad. Entonces, si la familia asume ese deber que le corresponde, ese derecho por cierto que tiene, de educar sexualmente a sus hijos, debe saber que para no equivocarse tiene que impartirla en el contexto de la educación de las virtudes. Si el estado fuese normal --y no este corrupto, gangsteril y montoneril que padecemos-- podría subsidiar en este tema. El principio de subsidiaridad rige, de manera tal que en principio, per se, no es perverso que el estado quiera participar. Lo que es perverso y clama al cielo es que este estado --intrínsecamente ruinoso y presidido por un delincuente subversivo, rodeado de adláteres de su misma laya y catadura-- lo que clama al cielo, digo, es que semejante estado quiera hacerse cargo de la educación sexual de nuestros hijos.
— Hay quienes objetan que si el sistema educativo no enseña lo necesario, aquello para lo que fue creado --como leer y escribir-- entonces mal puede educar en materia sexual...
AC: Es que no sólo han barrido con la concepción metafísica. Han destruido la misma herradura física de la educación. Por eso el Padre Leonardo Castellani decía que la educación argentina no puede reformarse por el simple hecho de que no tiene forma. Es decir, a la educación le han despojado el alma, la forma. No se puede confiar en absoluto en estos personeros de la ruina ideológica que nos desgobiernan. Sería una demencia confiar en esta gentuza, que verdaderamente son personajes salidos de la página del Rinocerente de Ionesco, es decir personajes bestiales, animales, que blasonan de su condición zoológica. Son seres inferiores realmente.
— De acuerdo a su diagnóstico, si la cultura y el estado conspiran contra la familia ¿qué debe hacer entonces ésta?
AC: La actitud es la que pide el Evangelio: construir casas sobre rocas. Si uno hace eso, pueden golpear los vientos, dan con ímpetu contra la casa, cae la lluvia, los ríos salen de cauce, pero la casa no es destruida porque está edificada sobre roca. ¿Cómo se edifica una casa sobre roca? La casa es Jesucristo. Y por tanto la casa debe ser cristocéntrica. El hogar debe convertirse en la iglesia doméstica, como decían los Padres de la Iglesia. Debe ser la unión ante Dios, de uno con una para siempre, para la procreación generosa y fecunda, para el mutuo perfeccionamiento y para la crianza cristiana de los hijos...
— La Iglesia Católica aparece como la única institución en Occidente que aún defiende el concepto tradicional de la familia...
AC: Yo soy crítico de la actitud de algunos de nuestros pastores. Actitudes que juzgo pusilánimes y en algunos casos poco ortodoxas. Sin ir más lejos en el diario Perfil del domingo pasado Monseñor (Justo) Laguna, habló a favor de la despenalización del aborto. Y consideró que era un mal para la Iglesia que gobernara Benedicto XVI porque sigue los pasos de Juan Pablo II; con la diferencia --dice monseñor Laguna-- de que este Papa es mucho más inteligente. Así se refiere a su pastor universal. Y hasta el día de hoy no conocemos ninguna sanción canónica contra Laguna, pese a que ha dado una verdadera cátedra pública de sacrilegio. Abundan los monseñores ‘Lacustres’. Es decir, yo en principio soy crítico. No obstante, debo reconocer con orgullo, con satisfacción, que en materia de lo que Roma ha llamado "cultura de la vida", la Iglesia se ha mantenido firme, siempre igual a sí misma. Ha defendido el orden natural y el orden sobrenatural. En este sentido, hay que reivindicar el magisterio eclesiástico.
Entrevista a Antonio Caponnetto realizada por Marcelo Lorenzo para “El Día Cultural”, Gualeguaychú.







